El budismo zen, el ritual y la práctica 1

Kigen Raúl DávilaLecturas0 Comments

caracol en espiral centro zen de puerto rico
Cuando podemos detener ese diálogo interno, con todas sus imágenes del pasado y del futuro, trascendemos el Yo y trascendemos el mundo de las formas

El budismo zen no es una religión ni es una filosofía. Es una enseñanza práctica que nos ayuda a desarrollar la capacidad de dirigir la más completa atención a nuestros procesos mentales. Entonces, si no es una religión, ¿por qué el ritual y las demás formalidades que seguimos en el zendo (salón de meditación)? Porque el ritual le da estructura y seriedad a nuestra práctica. Porque es una manifestación de la importancia que para nosotros tiene este quehacer de la contemplación de nuestros procesos internos, para conocernos a nosotros mismos y, trascendiendo el plano de lo ordinario, conocer otra realidad que está más allá de nuestro funcionamiento habitual.

Esta práctica es importante porque nos centraliza, tranquiliza nuestra mente y nos ayuda a detener, aunque sea por breves momentos, nuestro incesante diálogo interno. Esto nos permite tomar unas merecidas vacaciones de nosotros mismos, de los problemas de nuestro diario vivir, de la tiranía del pasado y del futuro que tanto nos tortura. Nos permite liberarnos de la autorecriminación y el sentido de culpa por sucesos ya ocurridos: lo que no debí de haber hecho, lo que debí de hacer y no hice, los corajes guardados por lo que me hicieron, el dolor que me ocasionaron los que quise y no me correspondieron bien y sentimientos semejantes. Igualmente nos libera de nuestras preocupaciones por el día de mañana, del temor por lo que debo hacer y de cómo lo haré, de qué pasará y cómo saldré adelante.

Cuando podemos detener ese diálogo interno, con todas sus imágenes del pasado y del futuro, trascendemos el Yo y trascendemos el mundo de las formas. Trascendemos la dimensión del Yo y el otro, del Yo y los objetos ‘allá afuera’, del Yo y ustedes, del Yo y todo lo demás. Entonces encontramos un espacio amplio de Silencio, en el que no nos martiriza el pasado y no nos preocupa el futuro, un espacio que es todo presente, sin limitaciones, sin problemas, y de completa libertad. Más importante aún, nos damos cuenta de que esa es la verdadera realidad y de que esa es nuestra verdadera naturaleza. Sentimos una gran paz y felicidad, un regocijo espontáneo; es la alegría de la libertad.

Un poco después se rompe el Silencio y aparece otra vez el torrente del pensamiento y con él, la separación y la dualidad. Aparece otra vez el mundo del Yo y las cosas, Yo y el otro, Yo y todo lo demás. Pero este Yo que reaparece, que renace, es un Yo más maduro y seguro de sí mismo porque está enriquecido por la experiencia vivida en el Silencio. Además, este Yo no tiene ya el mismo control sobre nuestros sentires, ya no es dueño y señor del espectáculo, porque ya no estamos totalmente identificados con él. Ahora sabemos, en nuestro fuero interno, que existe esa otra dimensión del Silencio, que es nuestro verdadero ser y es la verdadera realidad. Ahora sabemos lo que se siente en el Silencio, y sabemos hacia dónde dirigir nuestra atención cuando, en medio de nuestras ocupaciones habituales, nos haga falta un respiro del trajín de cada día. Mientras más podamos repetir esta experiencia, más fácil será volver a entrar en el Silencio, y cada vez seremos más libres, más maduros y tolerantes, más serenos y estables, más amorosos, y más compasivos.

Entonces, cuando hagamos el ritual, recuerden que es una manifestación de la importancia que para nosotros tiene esta práctica y una oportunidad de manifestar nuestra verdadera naturaleza. Cuando nos sentemos a meditar vamos a hacerlo con todo nuestro ser, dirigiendo nuestra atención completa a todo lo que esté ocurriendo en ese momento, sin escoger y sin rechazar nada, observando nuestra respiración, nuestras sensaciones, nuestras emociones y nuestros pensamientos, sin intervenir con nada, sólo como espectadores absolutamente interesados en todo lo que ocurre de momento a momento. Cuando cantemos no nos va a importar el significado de las palabras, porque vamos a cantar con completa entrega, haciéndonos uno con el sonido. Cuando hagamos reverencias frente a la imagen de Sakyamuni Buda, no estaremos postrándonos ante Dios, ni ante el hijo de Dios, ni nada que se le parezca. Estaremos manifestando nuestra verdadera naturaleza, lo haremos con completa entrega, con completa atención y sin permitir que se asome el Yo.

Estaremos además expresando nuestro agradecimiento, y rindiendo tributo, al Gran Descubridor, al Gran Almirante, a un ser humano como tú y como yo, que exploró estos parajes mentales y, por primera vez en la historia, puso el resultado de esos descubrimientos en un cuerpo organizado de enseñanzas para el bien de la humanidad.

Foto de J Graham

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