El budismo zen, el ritual y la práctica 3

Kigen Raúl DávilaLecturas0 Comments

cara del buda centro zen de puerto rico
Cuando surge el pensamiento aparece el Yo, que es realmente un espejismo que aparece y desaparece, intermitentemente, según aparece y desaparece el mundo del pensamiento

La maravillosa y muy útil capacidad del ser humano de pensar y de construir imágenes mentales a base de la información que recibimos del exterior a través de los sentidos, así como la capacidad de crear imágenes del pasado y del futuro, han sido fundamentales para el desarrollo de la sociedad moderna y son fundamentales para nuestra vida diaria. Sin embargo esta misma capacidad es la causante de que estemos desarraigados de nuestra verdadera naturaleza, de que estemos identificados con un Yo que se siente separado y aislado de todo lo demás y que, por lo tanto, se siente incompleto e insatisfecho. Esta enajenación es el origen de la mayor parte de nuestro sufrimiento y ocasiona conflictos de toda índole. Para redescubrir lo que verdaderamente somos, para entrar en contacto con nuestra naturaleza primaria, básica y verdadera, es necesario recurrir a la práctica contemplativa. Esta práctica es el corazón del budismo y nos puede liberar de nuestras aflicciones y apegos.

La contemplación tiene como objeto nuestro propio ser y no algo externo. Conlleva un examen riguroso de lo que podemos llamar ‘nuestro movimiento mental’. Para practicarla, tenemos que aquietar el cuerpo asumiendo una posición estable, y dedicarnos por entero a observar desapegada y objetivamente lo que va ocurriendo en nuestra mente de momento a momento. Esta forma de contemplación tiene un gran parecido con el método científico ya que es una observación intensa, pero desapasionada y sin ideas preconcebidas, sin que el observador intervenga con lo que está ocurriendo. Un gran maestro budista decía, metafóricamente hablando, que la contemplación es como sentarse en el medio de un salón a ver quién entra y quién sale, sin intervenir con nadie. Decía: ‘Cojan una silla y siéntense en el centro del salón, abran puertas y ventanas, y vean quien viene de visita. Verán toda clase de escenas y de actores, toda clase de historias y tentaciones, todo lo imaginable. Vuestra tarea es quedarse quietos en el asiento sin intervenir con nada. Verán como todo surge y todo pasa, y de esta observación surgirán el entendimiento y la sabiduría.’

Sólo de esta manera, observando pacientemente, insistentemente y con gran interés y dedicación nuestra actividad mental es que podemos darnos cuenta de cuál es nuestra naturaleza relativa (el Yo) y cuál es nuestra naturaleza verdadera y última. El darnos cuenta de la diferencia entre una y otra es una experiencia liberadora y es la clave de nuestro desarrollo espiritual. Pero, como toda experiencia, no basta con que nos la cuenten, hay que vivirla. Nadie puede saciar el hambre leyendo libros de cocina.

Esta práctica se debe hacer todos los días para que cobre sentido y sea verdaderamente beneficiosa para nuestras vidas. No es fácil, y al principio nos cuesta mucho trabajo y disciplina, pero cada vez se pone más interesante y empezamos a disfrutarla más y más, al punto de que se torna mejor que leer un libro, ver televisión o ir al cine. De seguro también aflorarán en nuestra conciencia muchas cosas negativas, recuerdos que no quisiéramos tener, eventos que no hubiéramos querido vivir y que nos producirán fuertes emociones y sensaciones desagradables, resentimientos, remordimientos y otros sentimientos. Es importante observarlas todas con el mayor desapego posible y ver como aparecen y desaparecen, porque este es un proceso sanador. Esas cosas están ahí, y afectan nuestras vidas, y la mejor manera de lograr desactivarlas y disminuir su influencia negativa sobre nuestras emociones y conducta es darnos cuenta, a través de la práctica contemplativa, de que son sólo movimientos pasajeros de nuestra mente. Tenemos que observar ese movimiento mental y dejarlo ir, sin dejarnos arrastrar por su contenido.

Si insistimos lo suficiente en esta observación desapegada, eventualmente se producirá el silencio mental, que es nuestra verdadera naturaleza. Pero este estado, como todo lo demás, no es permanente. El silencio también es pasajero y, roto el silencio, surge otra vez el pensamiento. En el silencio está el mundo de la unidad y la paz. En la esfera del pensamiento está el mundo de la división y el conflicto. Este es el mundo de las cosas y las formas, aquel es el mundo de la ausencia de formas, la verdadera realidad. Estos dos estados de conciencia se suceden uno al otro interminablemente y tenemos que aceptarlos a ambos y aprender a vivir en los dos. Según aumente nuestra capacidad para ver con claridad este proceso, con más tranquilidad podremos vivir en la esfera del pensamiento. Pero recuerden, nada que podamos pensar, imaginar o concebir es nuestra verdadera naturaleza porque nuestra verdadera realidad está más allá de toda construcción mental.

Cuando surge el pensamiento aparece el Yo, que es realmente un espejismo que aparece y desaparece, intermitentemente, según aparece y desaparece el mundo del pensamiento. Nuestra mente es muy dinámica y la actividad mental es tan rápida, que de ordinario no nos damos cuenta de los momentos de silencio mental en que no hay imágenes del pasado o del futuro, en que no estamos pensando, y en que el Yo no está presente. Casi siempre estamos enfocados en el mundo exterior, que nos resulta tan atractivo y seductor, y por eso estamos tan apegados al Yo y a la actividad del pensamiento. Descartes tenía razón cuando decía: ‘Cogito ergo sum’. Si dudo, es porque estoy pensando, y si pienso es porque existo. Sin embargo, lo que existe en ese momento de duda y pensamiento es el Yo. Pero, ¿qué pasa cuando no estoy pensando? Entonces no hay Yo, no hay existencia relativa, sólo existe el absoluto, que es el verdadero amor.

Alguien podría pensar que en el momento del silencio estamos como inconscientes o aletargados, pero es todo lo contrario; estamos en un estado de alerta total. Allí no hay problemas y se vive ese momento con gran tranquilidad. Es una experiencia liberadora. El objetivo de la práctica es el poder desarrollar la capacidad de tenerla cada vez con mayor claridad y frecuencia, y de que podamos incorporarla a nuestra vida diaria lo más posible. Muchos viven la vida como si estuvieran navegando con piloto automático. La contemplación nos posibilita el poder desarrollar nuestra capacidad de atención en grado óptimo. En inglés existe el término mindfulness, que se refiere precisamente a esa habilidad de poder enfocar nuestra atención en todo lo que hacemos y, en especial, a todo lo que ocurre dentro de nosotros. Desarrollar esa capacidad y poder transmitirla a los demás, es la aspiración de todo buen practicante del budismo zen.

Foto de Patrick H. Lauke

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