El zen y la moral

Kigen Raúl DávilaLecturas0 Comments

flechas en la calle centro zen de puerto rico
La moral se observa en el Budismo con toda rigurosidad, no porque las malas acciones sean pecado, sino porque son un obstáculo para la iluminación propia y de los demás

El Zen no es, estrictamente hablando, una Religión porque, como todas las demás escuelas Budistas, el Zen no es teista. Es decir en el Zen, como en el Budismo en general, no se afirma la existencia de un ser supremo y todopoderoso, que sea el creador del cielo y de la tierra. El Budismo está mucho más de acuerdo con la teoría de la evolución que con las teorias creacionistas del universo.El Budismo tampoco afirma que exista un ser supremo que intervenga en la vida del ser humano y que esté observando nuestras actuaciones y apuntando todo en su bitacóra, para luego premiarnos o castigarnos. Ni en el Budismo ni en el Zen, existe el concepto del pecado.

Ello no quiere decir sin embargo que los budistas puedan entregarse a una vida licenciosa, de egoísmo, lujuria y desenfreno. La llamada Regla de Oro que impera en casi todas las Religiones también se observa en el Budismo de forma muy rigurosa. Hay que tratar de hacer el bien a todos siempre que se pueda y cuando no, por lo menos no hacerle mal a nadie.

En el Budismo, y más aún en el Zen, el ideal que se persigue es el de la iluminación, que nos liberará del sufrimiento y nos permitirá ayudar a los demás a liberarse del suyo. El ideal del hombre bueno es el del Bodisatva, que es aquél que no se conforma sólo con su propia iluminación, si no que dedicará su vida a ayudar a los demás para que logren su propia iluminación.Se entiende por iluminación el liberarnos de la ignorancia que nos hace identificarnos con un Yo que realmente es ilusorio, que no tiene existencia intrínseca. Si nos liberamos de la idea falsa de un Yo individual, independiente y autónomo, podremos encontrar, podremos percatarnos de, y podremos actualizar nuestra verdadera naturaleza. El conflicto entonces no es entre el bien y el mal, si no entre el conocimiento y la ignorancia.

La moral, las reglas de buena conducta, de vida sana y de mantener a raya las pasiones se observan en el Budismo con toda rigurosidad, no porque las malas acciones sean pecado, si no porque son un obstáculo para la iluminación propia y para la iluminación de los demás.

Para el Budismo es tambien de central importancia la ley de causa y efecto, la cual establece que toda acción producirá, indefectiblemente, tarde o temprano, un resultado. Nadie se escapa de la ley de causa y efecto. Nadie se escapa del resultado de sus propias acciones. Estos resultados van a ser externos e internos. Por ejemplo, si ofendo a alguien, o lo trato injustamente, probablemente me ganaré un enemigo, o cuando menos, perderé un amigo; ese es un resultado externo. Pero mucho peor que eso será el efecto que sobre mi conciencia y mis estados mentales tendrá mi mala acción. Hay que recordar que el estado de iluminación, de liberación, no es algo que dependa de las condiciones externas, si no que se trata de un estado de conciencia. Mientras más manchas tenga nuestra conciencia provocadas por nuestras malas acciones, más alejados estaremos de la liberación.

Casi todas las malas acciones están motivadas por un apego excesivo al Yo y por un estado malsano de la conciencia. Estas malas acciones a su vez refuerzan nuestras aflicciones mentales, que a su vez producirán más malas acciones, y así sucesivamente en una cadena interminable de causas y efectos.

Los estados malsanos de la conciencia son muchos y de diversa índole pero generalmente se reconocen tres como los principales: el deseo, la ira, y la ilusión. Estos son conocidos como los tres venenos de la mente y están interrelacionados. Si examinamos con cuidado los estados agudos de deseo o de coraje veremos que la raíz de ambos es el apego exagerado al objeto del deseo o al objeto del coraje. Y si ahondamos más aún en nuestra búsqueda, veremos que ese apego excesivo a los objetos surge porque nos aferramos a la ilusión de la existencia de un Yo individual, con existencia propia, independiente y autónomo. Mientras más aferrados estemos a la ilusión del Yo, más incontrolables y exagerados serán nuestros deseos y nuestros estados de coraje. Es decir, que la raíz de todas las aflicciones es la ignorancia; la ignorancia de no saber que la base verdadera de nuestra existencia no es el Yo individual, si no la ausencia del mismo.

Esos tres venenos de la mente producen generalmente diez malas acciones; el asesinato, el robo, la mala conducta sexual, la mentira, la calumnia, el insulto, el descuido en el hablar, la ambición extrema, la mala voluntad y el apego al pensar erróneo. Una persona que se haya liberado de la ilusión del Yo, no incurrirá en este tipo de conducta, a menos que sea muy ocasionalmente, y aún asi, probablemente lo hará por error. Por el contrario, una persona que incurra habitualmente o insista en cualquiera de las variedades de este tipo de conducta malsana, seguramente está todavía preso de los antojos de su Yo, y no se le puede considerar como un ser iluminado.

Foto de Dean Hochman

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