Forma, vacío y mente

Kigen Raúl DávilaLecturas1 Comment

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El Yo no tiene existencia propia, independiente y autónoma, sino que es una ficción que surge por el proceso de sensación, percepción y formaciones mentales

En el Budismo Mahayana, al cual pertenece el Zen, hay tres términos muy importantes. Ellos son: forma, vacío (sunyata) y mente. Vamos a tratar de definirlos sabiendo que al así hacerlo,  no estaremos haciendo práctica contemplativa, si no que estaremos haciendo un ejercicio intelectual, un ejercicio del pensamiento, que quizás nos ayude a enfocar mejor nuestra práctica.

El Buda Avalokitesvara dice en el Sutra del Corazón:

Escúchame Sariputra,
La forma es el vacío y el vacío es la forma,
La forma no es más que  vacío y el vacío no es más  que  forma.
Lo mismo es cierto en cuanto a las sensaciones, las percepciones,
las formaciones mentales, y la conciencia

El término “forma” es más fácil de definir que el de vacío o el de mente, porque las formas son todo lo material, son todo aquello cuya presencia se puede captar a través de los sentidos. Son todo lo que se pueda ver, oir, palpar, oler o saborear. Son las cosas y los demás seres, todo lo que creemos que está “allá afuera”. Más adelante veremos que la facilidad de definir las formas es engañosa y que este término encierra también sus secretos.

Las dificultades comienzan cuando tratamos de definir los términos vacío y  mente, porque para captar su verdadero significado, para saber lo que en realidad son, es necesario haber tenido la experiencia directa de ellos a través de la práctica contemplativa, Mientras tanto, y en el campo del intelecto, se ofrecen dos definiciones del vacío. Se dice que el vacío es la ausencia de formas y también se dice que  las formas son vacío porque no tienen una existencia independiente, autónoma, separada y distinta de todo lo demás. Es decir, que las cosas y los seres no tienen un ser independiente, una naturaleza inherente, si no que, por el contrario, son codependientes  y están compuestas por otras cosas. Como carecen de una existencia inherentemente suya, se dice que son vacío. Recuerden que estas definiciones son sólo conceptos. No son la realidad del vacío.

Otro problema es que al  decir “vacío”,  pensamos enseguida en la nada, lo cual no es correcto desde el punto de vista budista,  porque el vacío al que nos  referimos no es un espacio en blanco, no es un solar baldío, si no que este es un vacío con facultades cognoscitivas y con facultades de creación. Es más bien un pleno porque es el fundamento de todo lo que existe. Lo vamos a poder entender mejor cuando hablemos a continuación de la mente.

La mente no es una cosa, no es un objeto. La  mente no tiene forma, no ocupa espacio, no es materia, no tiene características físicas, no se puede ver, oír, palpar, oler, ni saborear. No es algo que se pueda captar a través de los sentidos. El cerebro no es la mente. El cerebro es un órgano que participa en producir parte del conjunto de funciones que llamamos mente. ¿Quiere esto decir que la mente no existe? Ciertamente que no. Sabemos que tenemos una conciencia, que estamos vivos y tenemos el uso de los sentidos para relacionarnos con el medio ambiente, sabemos que podemos usar el lenguaje para comunicarnos, que podemos  recordar el pasado e imaginar el futuro, podemos pensar y usar las demás facultades mentales. Aunque la mente no es una de las “formas”, si no que más bien goza de las cualidades del vacío, el cual es su fundamento, la mente existe, está ahí, y es una continua presencia de facultades cognoscitivas.

Qué es la mente? Cuáles son esas facultades cognoscitivas con que actúa y se manifiesta la mente? Aquí es donde entra, y se hace imprescindible, la práctica contemplativa, porque para contestar estas preguntas hace falta la observación cercana y cuidadosa de la manera en que opera y se manifiesta este fenómeno que hemos dado en llamar mente. O sea, que la mente tiene que observarse a sí misma con total inmediatez. Pero, quedándonos en el plano del intelecto, vamos a tratar de ver en qué consiste la mente, y para ello vamos a recurrir a la doctrina budista de los cinco agregados (skandhas), que son los cinco elementos que constituyen al ser humano. Estos son: forma, sensaciones, percepciones, formaciones mentales y conciencia.

El primero de los skandhas, la forma, es nuestro cuerpo, y porque tenemos cuerpo tenemos los sentidos que nos dan las sensaciones, y como tenemos sensaciones tenemos percepciones, y como tenemos percepciones ocurren las formaciones mentales, y como tenemos formaciones mentales aparece la conciencia y la ilusión de un Yo independiente, con existencia propia y separada de todo lo demás. Todo ese conjunto de cosas somos pero, si nos examinamos con toda profundidad  al final veremos que  somos vacío, porque podremos constatar que la forma es tan sólo vacío. Las sensaciones, las  percepciones, las formaciones mentales, la conciencia y el Yo, son funciones de la mente, y, a través de la contemplación, se constata que todos ellos son sólo vacío.

Nuestro aparato neurológico recoge los mensajes del exterior a través de los sentidos y esas sensaciones se convierten en percepciones. Nuestro cerebro entonces procesa las percepciones y produce las formaciones mentales, es decir, convierte las sensaciones que percibe en formas e ideas. Tenemos que observar muy de cerca nuestros procesos mentales para poder darnos cuenta de  que las formas que conocemos no son otra cosa que construcciones mentales que hacemos después de haber tenido las percepciones. Nuestra realidad ordinaria está constituida  por estas formas que fabrica nuestra mente.  Esa realidad perceptiva es tan sólo una representación que construye nuestra mente. No es la realidad auténtica de las cosas que puedan existir “allá afuera”. La verdadera realidad de las cosas en sí mismas, tal cual pueda ser, está más allá de nuestro alcance, más allá de nuestras capacidades perceptivas. Es decir, sólo tenemos las representaciones de las cosas que hace nuestra mente luego de pasar por el tamiz de nuestros sentidos, nuestras sensaciones y nuestras percepciones.

En este proceso de construir la realidad exterior, al hacer las formaciones mentales, nuestra conciencia se divide entre el objeto así fabricado y el sujeto que lo observa. Eso quiere decir que entre el objeto y el sujeto que lo observa surge una distancia, una separación. Vemos la realidad, así construida, como algo separado y distinto del sujeto que la observa y entonces, por efecto de la repetición de ese proceso, aparece la otra construcción que nos rige, el Yo. Este Yo no tiene existencia propia, independiente y autónoma, sino que es una ficción, una ilusión, que surge por este proceso de sensación, percepción y formaciones mentales. Es decir, el Yo es un subproducto del funcionamiento de los Skandhas y, por tanto, tiene tan sólo una existencia relativa.

Se dan cuenta de las implicaciones de lo que estamos diciendo? Estamos diciendo que tanto el yo como las formas, que constituyen la “realidad” en que vivimos de día a día, son una fabricación de nuestros procesos mentales,  no tienen existencia propia e independiente, y por eso se dice que son vacío. Cuando a través de la práctica contemplativa nuestra mente deja de crear formas, y se hace el silencio, desaparece también el Yo y lo único que estará presente es el vacío, que es la única realidad verdadera y auténtica, la única realidad que no es codependiente, que siempre está presente, subyacente a toda nuestra actividad mental.

Ahora bien, ese vacío, que se hace presente en el silencio, es inestable, no es estático, y de él surge otra vez la actividad mental. Al romperse el silencio y aparecer nuevamente las formas, se divide la conciencia, reaparece el Yo y desaparece el vacío. Cuando decimos que el vacío desaparece no estamos diciendo que el vacío deja de ser, si no que el vacío deja de estar presente en nuestra experiencia conciente. El vacío está oculto temporáneamente tras las formas y la actividad mental. Vemos entonces que el vacío y las formas son intercambiables. Del vacío surgen las formas, que ocultan al vacío y cuando desaparecen las formas, reaparece y se hace presente el vacío.

Este proceso que hemos descrito está ocurriendo en nosotros todo el tiempo, pero ocurre de forma tan rápida que no nos damos cuenta de él. Vivimos enfocados en el mundo de las formas y el Yo y creemos que esa es nuestra única realidad. No nos percatamos del aparecer y desaparecer del vacío, de como su presencia se alterna con la presencia del mundo de las formas y el Yo.  Por eso asumimos equivocadamente que el mundo de las formas es continuo y que el Yo es una entidad permanente e independiente.

En la experiencia de todos nosotros ocasionalmente ocurren momentos fugaces en que el vacío está presente y las formas y el Yo están ausentes, pero como no observamos con suficiente detenimiento, no nos percatamos de ello, no podemos ver el proceso total de nuestra conciencia. Por eso es que se hace imprescindible la práctica contemplativa, porque es la única forma de poder observar con detenimiento y total inmediatez la forma en que ocurren todos nuestros procesos mentales.  Entonces surge la oportunidad de darnos cuenta con creciente claridad de cómo funcionamos y de lo que es nuestro verdadero fundamento, el vacío.

Foto de Lindsay Allen

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