Presentación de: El budismo zen y la práctica contemplativa

Seido Félix López RománLecturas0 Comments

piedras y mar centro zen de puerto rico

Porque la palabra no es el grito,
sino recibimiento o despedida.
La palabra es el resumen del silencio,
del silencio, que es resumen de todo
–Roberto Juarroz, Poesía Vertical (Antología)

Llevo alrededor de 20 años relacionado de diversas formas con la vida universitaria o la vida académica. Sin embargo, llevo muchos menos años relacionado a la práctica del Budismo Zen. Por eso considero un privilegio el ser parte de la presentación del libro del maestro zen Kigen Raúl Dávila. Por ello, mis primeras palabras son para agradecer ese gesto y esta oportunidad.

Lo que no imaginé sería que estas dos prácticas con las que me relaciono: la universidad y el budismo zen, pudieran coincidir en un mismo espacio. De entrada parecería un tanto contradictorio presentar un libro sobre el budismo zen en un espacio universitario. Digo esto porque la universidad es un espacio para la palabra y de la palabra. El budismo zen, por el contrario, es el espacio del silencio. En la universidad, tal y como hago ahora, se hace pública, se profesa la palabra. El budismo zen opera desde el silencio. Sin embargo, esta contradicción es una aparente. Palabra y silencio no habitan en regiones opuestas o excluyentes. Más bien, son dos manifestaciones de una misma práctica: el habla. Hablar es la exposición del devenir continuo entre la palabra y el silencio. Silencio y palabra hacen posible el habla. Como mencioné en otro momento, sin silencio no hay habla, sólo habría parloteo. Al igual que la música sin pausa, sería, más que música, un alboroto. En ese sentido, el silencio no es la contraparte del habla sino su posibilidad. Es en esa aparente contradicción entre palabra y silencio, entre universidad y budismo zen que quiero fundamentar este breve comentario con motivo de la presentación del libro El Budismo Zen y la Práctica Contemplativa. No sólo nuestra intención está dirigida a presentar el libro mencionado, sino también queremos presentar brevemente posibles elementos de este libro y de la práctica del Budismo Zen que puedan contribuir a la universidad en aras de redescubrir el silencio como potenciador de nuestra tarea docente.

El libro El Budismo Zen y la Práctica Contemplativa es un conjunto de escritos que Kigen Raúl Dávila enviaba, periódicamente, a través de correos electrónicos a practicantes, estudiantes y amigos del Centro Zen de Puerto Rico. El libro que presentamos hoy es la compilación de esos escritos divididos en dos grandes secciones: El Budismo Zen, el Ritual y la Práctica y, una segunda sección titulada La Práctica Contemplativa. En la primera sección Kigen brinda una orientación en tres partes sobre el Budismo Zen, el apego al “yo”, y el ritual de la práctica Zen. En la segunda sección, Kigen realiza una gran contribución al detallar paso a paso cómo practicar zazen, que es literalmente la meditación sentada y el pilar del budismo zen. En esa segunda sección, y en libro completo, cualquier persona que desee practicar el zazen encontrará una guía muy útil para realizar su práctica.

Sin embargo, el libro tiene una característica particular que atraviesa todos los escritos en el contenido. Esta característica es la de ser un libro/práctica o, si se quiere, un libro/guía. Este texto, aunque contiene reflexiones, no está dirigido a pensar sobre el Budismo Zen. No es un texto para reflexionar sobre el Zen sino para practicarlo. De hecho, es un libro de pocas páginas y esto es indicativo de lo que vengo de mencionar. Quizás hay muy poco que decir sobre el Budismo Zen o, mejor dicho, hay que tener cuidado con lo que se dice sobre el Zen. Kigen alguna vez mencionó que todos los libros sobre Budismo Zen son malos porque no logran capturar o explicar de qué se trata esa práctica contemplativa. Me parece que el valor de este libro que presentamos es precisamente que no tiene pretensiones de reflexionar sobre la práctica Zen, sino más bien brindar una guía de orientación de la forma más directa y con un uso justo de la palabra: ni de más ni de menos.

Ese cuidado en el uso de la palabra tiene también la intención de evitar la confusión de la práctica Zen con elementos doctrinales, religiosos, de mercado, entre otros. Por esa razón se podrá encontrar, en varios momentos del texto, comentarios dirigidos a eliminar de la práctica zen cualquier entendido que la asocie a concepciones religiosas, espiritualistas o adornos que desorienten la práctica. A este respecto, Kigen comienza el libro diciendo: “El budismo zen no es una religión ni es una filosofía. Es una enseñanza práctica…” (p. 11). Más adelante Kigen sigue mencionando: “En lugar de darnos un sistema de creencias o un catálogo de doctrinas y afirmaciones, y pedirnos que las creamos ciertas y las aceptemos por fe, el budismo nos pide que miremos dentro de nosotros mismos…” (p.15). Y para finalizar insiste que sobre la práctica: “No hay que explicar nada, sólo observar atenta e intensamente…” (p.15). Kigen va tratando de eliminar o, para recordar a Guillermo de Occam, de rasurar cualquier exceso, adorno o idea sobre la práctica Zen, para colocar al lector y a sus estudiantes a la esencia de la práctica contemplativa. De lo que trata el Budismo Zen es de la contemplación del zazen. Sin embargo, muchas veces, como menciona el mismo Kigen, es más fácil distraerse con los adornos de la práctica que asumir la sencilla y complicada tarea de sentarse a atender la respiración. Digo que es sencilla porque tan sólo se trata de sentarse y atender la respiración por un mínimo de 20 minutos. Sin embargo, esa tarea se complica, no sólo por los apegos del ego, de la mente y del cuerpo que batallan para salirse del estado contemplativo, sino también porque en nuestro conjunto social se impone una práctica de un activismo productivo o consumerista que exige que siempre se esté haciendo algo y que se algo esté vinculado al sistema de acumulación de capital. En ese contexto, sentarse a practicar zazen es una gran transgresión, quizás una postura política, que para algunos puede resultar complicada.

Por otra parte, el texto del libro, aunque hace referencias al objetivo de la práctica, me parece que intenta no decir del todo cual es el objetivo. En otras palabras, deja abierto a que el lector investigue por sí mismo cual es el propósito de la práctica o, mejor dicho, cuál es su propósito para practicar Zen. Es decir, el libro estructura la práctica pero no el objeto de esa práctica. En otras palabras, el libro que presentamos tiene esa peculiaridad de estructurar y guiar la práctica zen pero respetando ese vacío necesario que permite que el practicante descubra por sí mismo el valor de la práctica Zen. Decía Lao Tse: “se construye una casa de puertas y ventanas, es su vacío la que la vuelve habitable. Así pues, el ser produce el útil, pero es el no ser el que lo vuelve eficaz”. Este libro es la guía para construir la casa o la forma de la práctica zen pero respetando ese espacio vacío que permite habitar la práctica. Por ello, Kigen menciona al final de su libro: “…quiero pedirles encarecidamente…que no dependan ni confíen en lo que aquí se ha dicho. Nada de lo antes dicho tiene ningún valor, ni puede tener algún sentido, sino se vive a través de la práctica.” Es decir, incluso la guía presentada en ese texto debe ser descartada para que sea incorporada por el practicante como parte de su vivencia y no como doctrina externa e impuesta.

A lo que nos invita el Budismo Zen, y Kigen a través de su texto, es a una experiencia que está basada en una práctica contemplativa que a su vez es una práctica de conocimiento. Al igual que la universidad estructura una práctica del conocimiento, el Budismo Zen realiza dicha práctica a través de la contemplación. Sin embargo, la noción de contemplación tampoco es ajena a las tareas académicas. La raíz de la palabra contemplación se encuentra en el griego theorein y de ahí la noción de teoría. Theorein significa observar pasiva, atentamente y en toda su extensión el objeto que se contempla. Así, contemplar no es mirar y nada más, sino detenerse a observar aquello o ese algo que es objeto de mi mirada. Sin embargo, en nuestra vida académica la posibilidad de contemplación radica en la objetivación de ese algo que estoy contemplando. Es decir, hay que convertirlo en objeto. Por ejemplo, recordemos el principio metodológico de Emile Durkheim respecto a la sociología. Decía Durkheim, “Hay que tratar los hechos sociales como si fueran cosas”. Es decir, la tarea investigativa tiene que construir un objeto de estudio como si estuviese aislado, como si tuviera una esencia o una realidad sustancial, como si fuera aprehensible racionalmente, como si fuera cosa.

En la práctica Zen hay contemplación pero a través de un camino que no es el de la objetivación. En primer lugar, el objeto en la práctica Zen no está colocado fuera de uno, ya que el objeto de contemplación es, si se puede decir, uno mismo. En la práctica Zen hay una fusión entre el sujeto y objeto, una fusión entre contemplador y contemplado. Ahora bien, la observación en el zazen se realiza desde una pasividad y un desapego que permite experimentar un vaciado de sentido o, si se quiere, una desobjetivación. Esa experiencia, a través del silencio y de la contemplación, permite redescubrir a los objetos y a la vida misma desde una realidad que el lenguaje no logra recoger hábilmente. Más aún, esa experiencia permite reconocer el devenir del ser y su extensión relacional con toda la existencia que es también mi existencia. De alguna manera, damos cuenta en la práctica Zen que no existimos en el mundo sino que el mundo nos existe. Esa experiencia o, si quiere, esa realidad ha sido nombrada como el vacío. Sin embargo, aquí el vacío no es sinónimo de carencia ni tampoco es igual a la nada. La noción de vacío, aquí entendida está relacionada al término sánscrito “Sunyata” el cual se refiere más que al vacío, a la vacuidad. Aquí vacuidad (sunyata) podría significar: indistinción, ausencia de sustancia, carácter relacional, elemento potenciador de la actividad creadora (poiesis). De eso se puede dar cuenta a través de la práctica de la contemplación.

Me resulta curioso el uso del término práctica para referirse a la acción que se lleva a cabo y que enmarca la contemplación. La práctica proviene de pragma y esto significa hecho o acto. La contemplación requiere de un acto, de una decisión, de tomar postura para detener el mundo al detenernos a contemplar. No sé si el término pragma está relacionado con el sánscrito prajna que significa sabiduría. En ese sentido, la práctica de la contemplación es una práctica dirigida a la sabiduría que no es la sabiduría del que sabe muchas cosas o la sabiduría a la cual se llega a través del ejercicio exclusivo del pensamiento y de la palabra, sino la sabiduría de aquél que se ha permitido experimentar, jugar con los límites de la palabra y de su pensamiento para redescubrirse desde la potencialidad del silencio.

Pensar la universidad desde la práctica del Budismo Zen supondría crear las condiciones para observarnos a nosotros mismos y nuestra práctica. Supondría dar cuenta del carácter relacional, no sólo de las disciplinas académicas sino también reconocer que el sentido y pertinencia de la universidad está puesto en su relación con el todo existente. Sin embargo, eso significa también tomar posturas que permiten distanciarnos de fuerzas y corrientes que pretenden reducir la práctica del conocimiento a su sentido exclusivamente utilitario. La práctica del conocimiento, como se experimenta en el Zen, va mucho más allá de una conclusión de rentabilidad. Esta práctica está dirigida a la vida misma y esa es la invitación que nos hace Kigen Rául Dávila a través de la publicación de este libro. Una invitación para redescubrir la vida y reconocer que ella es, como dijera el filósofo japones Kitaro Nishida, aquello que no llega a ser, ni deja de ser.

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